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miércoles, 11 de marzo de 2009

Darwin y la Teoría de la Evolución

dawinforges

Homenaje de Forges a Darwin en el año del 200 Aniversario del nacimiento del genio.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Que no se lo lleve el viento

En la sección de ‘cartas de los lectores’ del 20 Minutos de Murcia de hoy he leído este sentido homenaje. Dicen que el viento se termina llevando las palabras. Más aún, cuando se trata de algo publicado en un periódico gratuito: por increíble que parezca, eso lo convierte en más efímero todavía que lo publicado en un diario comercial. Para tratar de que eso no ocurra, o al menos retrasarlo, lo he trascrito a nuestro blog.

¡Adiós, Violante!

Ya no podías soportar más, y el pasado 25 de noviembre decidiste marcharte dejando atrás la lucha contra ese titán al que algunos llaman progreso. No pedías nada más que una casa igual a la tuya y una pequeña tierra donde plantar unos cuantos árboles y seguir cuidando de tus gallinas y conejos, como siempre habías hecho.

Ellos nunca van a comprender lo que suponía para ti ese pequeño trozo de tierra, el esfuerzo con el que tus padres y abuelos trabajaban día a día para conseguir que diera sus frutos, una tierra generosa que te ayudó a que las penurias de la guerra no fueran tantas, una tierra que pagaste palmo a palmo al señorito don Ricardo, y sobre la que construiste junto a tu marido Pedro la casa en la que nacieron tus hijos, y entre cuyas paredes ha ido pasando la vida.

Pero todo eso ha quedado sepultado bajo el asfalto de una gran avenida, no te esfuerces más porque ellos sólo entienden de metros cuadrados, de infraestructuras, de beneficios, de progreso. Te sentías agradecida al juez del Juzgado Contencioso n.º 6, que supo comprenderte dictando medidas cautelares, esperanza truncada por el Ayuntamiento de Murcia, que se opuso con peregrinos argumentos, y el Tribunal Superior de Justicia, que rechazó el auto.

Pero en estos tres meses, desde el desalojo, ya no veías ningún horizonte y, como esas viejas palmeras de la huerta trasplantadas sin raíces a un pequeño parque entre edificios, has ido muriendo cada día un poco. Tu valentía ha sido un ejemplo para todos y, aunque hayas decidido irte, nosotros seguiremos diciendo que lo que te han hecho no es progreso, sino injusticia.

Tu ejemplo no quedará en el olvido, Violante. No has sido la primera en caer. Antes que tú han sucumbido muchos otros en silencio, y detrás de ti seguirán más, pues con la huerta también mueren los verdaderos huertanos. Pero, ten por seguro que ya no será con la sumisión de los sacrificados para el banquete de los poderosos.

R. A., tu familia y todos tus amigos (Murcia)

lunes, 29 de septiembre de 2008

Homenajes a Paul Newman (q.e.p.d.), extraídos de ‘El País’

20080928elpepivin_1 [Forges]

Guapo hasta morir

MARUJA TORRES 28/09/2008

Era tan guapo que dolía. Deslumbraba. A lo largo de sus muchas vidas -como actor, como productor, como director, como piloto de fórmula 1, como empresario, como filántropo-, lo siguió siendo. Guapo y respetable. No se puede pedir más. O sí: que fuera eterno. Pero bien sabemos que eso no es posible. Recuerdo su irrupción en las salas de estreno de este país. Le recuerdo en Hud, en mangas de camisa, sujetando con el pulgar una chaqueta sobre sus espaldas, turbando a la madura Patricia Neal. El hombre que llega, que trastorna, el hombre que se marcha. Para ella un solo hombre y La ciudad frente a mí no eran obras maestras pero él aportaba su fuerza y su vulnerabilidad. Su dignidad, que aportó a todos sus personajes. El más confuso personaje suyo de aquellos años fue, sin duda -y gracias a la censura de Hollywood- el protagonista de La gata sobre el tejado de zinc. Pero cómo comprendíamos a aquella Liz Taylor que -recién enviudada de Michael Todd en la vida real- reptaba por los lechos intentando merecer sus atenciones. Podía hacer de vulnerable gigoló en Dulce pájaro de juventud o de inconformista sureño en Desde la terraza y en El largo y cálido verano, y, suprema y excelsamente, de perdedor en El buscavidas. Nos daba igual. Todas las películas tenían una enjundia u otra. No sólo estaba allí para lucir su bello rostro, su cabeza perfecta, su sonrisa irónica, sus ojos como piedras lunares.

Bien, él no estaba allí para arrebatar, sino por otra cosa. Amor al arte, quizá. Da la impresión -como subrayó el guionista y escritor William Goldman-, de que tal vez "Paul Newman no piensa realmente que es Paul Newman". Con el tiempo se lanzó a la producción, la dirección, los Oscar que obtuvo, el partido que le sacó a su mujer, la sublime Joanne Woodward -Rachel, Rachel: una pequeña joya-, las carreras de coches, el aliño de vinagre y aceite envasado y otras producciones simpáticas, cuyos beneficios han ido siempre a parar a causas justas... Su liberalidad política, firme pero discreta, su saber estar, que ha mantenido hasta la muerte.

Y todo eso sin dejar de ser tan hermoso como un dios griego. Coqueto, también -es sabido que cada día sumergía la cara en un baño de hielo: ya quisiera ver el resultado en otros-, y también impenitente bebedor de cervezas, un promedio de a caja por día: me gustaría también saber qué tripa resiste semejante aprovisionamiento.

Además, sensible. Además, valeroso. Antisistema pero sin ofender, degustador de Europa, y, queridos, esto es lo mejor de todo, casado con la mujer de su vida y para los restos. Os parecerá una intemperancia que destaque este valor, aparentemente conservador, entre sus rasgos. Pues no. Aparte de que siempre he creído que era ella quien le ataba -la señora Woodward es una de las actrices más excepcionales, cultas e irónicas que el profundo Sur ha dado al mundo-, semejante característica, la fidelidad, era uno de los picos de su personalidad que más admirábamos quienes le seguíamos. Porque las damas bien nacidas somos tan contradictorias que, secretamente, despreciamos a un hombre capaz de traicionar a su esposa con nosotras. O con cualquiera.

Era un hombre íntimo, que supo envejecer, como he escrito arriba, con belleza y dignidad. En su ocaso -vital, nunca como actor- eligió películas que también reflejaban una puesta u otra de sol: Camino a la perdición es mi favorita. Aunque, sádicamente, me gusta verle, guapo y pimplando birras, en Mensaje en una botella, esa tontería llena de colorido azul que sólo le sentaba bien a él, mientras Kevin Costner intentaba pasar a la historia de la cursilería, con bastantes posibilidades, por cierto.

Para mí, el mejor Newman está en dos películas de gigantesca estatura moral: Ausencia de malicia, de Sidney Pollack, y Veredicto final, de Sidney Lumet. Si quieren saber quién fue el actor que acaba de morir pero no de desaparecer, revísenlas. O véanlas por primera vez. Ése es Paul.

Me crucé con él y Woodward en un pasillo, en Cannes, hace más de 30 años. Llevaba las gafas de sol colgando de la oreja por la patilla. Era hermoso, pero no asustaba.