lunes, 29 de enero de 2007

POESÍA QUE RESISTE A LA BARBARIE

Va a hacer casi diez años se publicó El lápiz del carpintero, que nos contaba --utilizando varias voces-- una serie de historias enlazadas por ese utensilio que daba título al libro y que pasaba de mano en mano uniendo la vida de los distintos personajes: la historia de amor del doctor Daniel Da Barca y Marisa Mallo; la historia del guardia de la prisión de Santiago, Herbal, tercero en una discordia que él ha llevado adelante, pues sigue los pasos de Da Barca con objeto de fomentar su desgracia y apropiarse de Marisa; las historias de presos gallegos que en esa misma cárcel fueron dibujados en la pared de la celda por un pintor que diseñó con sus caras un nuevo Pórtico de Gloria, y el relato de mar de fondo de una Guerra Civil y la posterior dictadura donde las más atroces y cobardes fechorías no fueron capaces de acallar los lenguajes del alma: la dignidad, la ternura y la poesía. El autor nos cuenta los sucesos más terribles de los que el hombre (llevado por el fanatismo, la ignorancia y los instintos más primarios), es capaz, con unas palabras de imágenes luminosas y compasivas. Demostrando que la esperanza y la memoria pueden cansarse cuando ocurren las peores tragedias de mano de la sinrazón; pero que aún así resisten, y siempre queda una brecha abierta, por pequeña que sea, para esa esperanza y esa memoria.
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La última novela hasta ahora del autor, Los libros arden mal, se publicó en su traducción castellana en noviembre de 2006. Su extensión física es superior a las seiscientas páginas, y su extensión temporal comprende desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Galicia es, como siempre en este autor, escenario de la mayor parte de la trama. El hecho central del relato lo representaría la quema de libros que los falangistas de La Coruña llevaron a cabo en la Dársena de la ciudad en el verano de 1936, ya durante la Guerra Civil. Aquel acto es el motivo que da pie a que se nos cuente, otra vez con múltiples voces de persona narradora, la vida de diversos personajes reales y ficticios, entrañables y crueles, valientes y ruines. De nuevo la poesía es instrumento para revelarnos la "Historia dramática de la cultura", cómo es capaz de vencer la ciega barbarie, de enfrentar a hermanos, a un mismo pueblo. Y, de nuevo, la poesía busca reconciliar, hacer surgir de las ruinas y las cenizas el aliento que todavía no se ha apagado. Nos hace sentir la pérdida inestimable del asesinato de la cultura; nos hace sentir vergüenza por los atropellos que se le hicieron y se le hacen (por ejemplo, Manuel Fraga condecorando, en España y en 1962, a Carl Schmidt, artífice del régimen jurídico del nazismo); y nos hace estimarla como salvaguarda de la libertad. Porque la privación de la cultura (y, por ende, de la identidad) es el método más exitoso para someter y reducir a las personas. Surgen, así, verdugos y víctimas.
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Mucho antes que estos dos libros, pudimos leer En salvaje compañía --el título procede de un verso de Eduardo Pombal, y hace referencia al séquito de trescientos cuervos que escoltaban a contraviento por los cielos de Galicia a su último rey--. La novela se lee en dos días y como hechizado. Su historia tiene ribetes de realismo mágico, y las palabras vuelven a fascinar y ser poesía al servicio del arte de contar. La protagonista es una campesina gallega, Rosa, que una vez, de niña, hubo de refugiarse en una iglesia de una tormenta, y allí tuvo una visión de siete figuras dibujadas en la pared del templo que el cura local, don Xil, identificó con los Siete Pecados capitales. La vida adulta de esa campesina, y la trasmigración de las almas de las personas que de niña conoció en animales que también son narradores del presente, es el río central de un relato con varios afluentes: la historia de amor del mudo Simón y de Beatriz de Grou; la historia del lagarto que va a San Andrés de Teixido; la historia de Misia, señora de un pazo gallego que en su vejez final se convirtió en una sombra que pastoreaba un rebaño de ovejas entre las penumbras y vendavales nocturnos; ecos de la Guerra Civil de nuevo, siempre en sordina y con el temor a ser dichos en un volumen audible; un rey Artús que regresa para desaparecer en el mar, montado en su caballo Albar... Y los trescientos cuervos de Xallas oscureciendo el cielo y patrullando en todas direcciones.
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El escritor, poeta y periodista gallego Manuel Rivas me ha acompañado durante las últimas tardes y noches que he estado en casa. Cada uno de sus libros me ha llevado a otro: a leerlo por primera vez, o a releer, como es el caso de El lápiz... Ahora os dejo estas pequeñas impresiones para que no os sea del todo desconocido este artista y su universo poético. Que es también el nuestro, mejorado por la humanidad, la integridad y el lirismo que le transmite en sus páginas. Leerlas es como volver al mundo con una mirada nueva, más limpia y conciliada. Y, también, más agradecida.

Invenire

1 comentario:

Anónimo dijo...

Eduardo Pombal, autor del libro "La caza del conejo"